“Loving Vincent”, eterno faro

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Decía el poeta francés, precursor del simbolismo, Charles Baudelaire, que glorificar el culto de las imágenes visuales, fue una de sus pasiones.  

Así plasmó el célebre poema “Los faros”, evocación poética, selectiva de algunos grandes pintores, y en su poética “expresa el misterio que implica la pintura, en la que el encanto de las imágenes es atrapado por el susurro movedizo de los versos”.

Los pintores fueron para el poeta, “faros, fuegos encendidos en la noche, que irradian luz que se pierde en la tiniebla, sin destino aparente, pero con secretas ansias de descubrir caminos”.

Y así, cada artista “revela un aspecto fragmentario de una totalidad inalcanzable”, de una necesidad perturbadora de eternidad, condenada a sollozar la fragilidad, en la orilla de lo trascendente.

“El loco de pelo rojo” - como se le llamara en su época a Vincent Van Gogh, decidió de algún modo que luego de más de 800 óleos que había entregado a un mundo que no le comprendiera -, tornando su existencia en una suerte de expiación, tormento, desgarro, y/o en una catarsis sublimada permanentemente, “hablaban por sí mismos”, y así fue más allá del arte, eligiendo su muerte como destino, para de este modo ponerle fin a la fatalidad de vivir.

Era hijo de un pastor de almas, había estudiado teología en Amsterdam, y ejerció no sin fracaso como misionero laico, pero tuvo una vida breve. Sólo vivió 37 años (1853-1890), y como los significativos cuervos de sus creaciones, anunciadores de la muerte, quiso volar por el contrario, hacia la profunda, cobijadora “noche estrellada” que emerge de su firmamento plástico.

Su genialidad post morten fue reconocida por el mundo, por el universo entero. En 1886, en París, entraría en contacto con los impresionistas: “Habitación en la rue Lepic”, “Jardines en Montmartre” adhieren al movimiento, con su peculiar estética personal.

Su post-impresionismo ardiente, se vuelca en su quehacer, caracterizado por la nitidez de los contornos, por la presencia de la luz cegadora o de la “vibración de la luz”, por los colores puros, “la percepción palpitante de la forma-color de los objetos”, la división de los tonos sobre la tela, el lienzo, el repasador, evitando caer en el claroscuro academicista.

Hay quienes opinan que fue Van Gogh quien le diera a Arles sus colores, y a la grisura de su casa, le impusiera el color amarillo de sus “girasoles”.

Quién podría olvidar la perspectiva basculante de “El dormitorio de Arles”, del cual Van Gogh escribe a su hermano: “aquí el color sugiere el descanso, todo está pintado en zonas grandes y planas de color, como los grabados japoneses”. Están suprimidas las sombras, “el color lo hace todo”. “El dormitorio de Arles” fue pintado, en tanto se curaba de la ¿automutilación? de la oreja izquierda.

No dejan de ser inolvidables también, algunos de sus numerosísimos autorretratos, proyecciones de su tormentoso mundo interior, de su emocionalidad quebrantada, fracturada, o la obra que inmortalizara a Madame Giroux, “La Arlesiana”, “sobre un fondo de pálido amarillo, el rostro gris, la vestimenta negra, negra, negra, un azul de Prusia vivo. Ella se apoya sobre una mesa verde y está sentada en un sillón de madera color naranja”. Cada palabra está escrita por Vincent con armonía y detallismo. Añado que en la mesa hay una sombrilla y unos guantes, y que lleva un pañuelo blanco verdoso en su cuello. Parecería que fuera a ponerse los guantes, entreabrir la sombrilla y salir.

El encuentro con Paul Gauguin fue fundamental para los dos artistas. La obra de Van Gogh intenta otras búsquedas, a partir de su conocimiento.

En “Mujeres de Arles” se destaca la temática campesina, y la tensión emocional de Vincent aflora en las curvas sinuosas, en el clima de agitación y en la violenta pincelada en flores y vestidos de las mujeres.

Campo de trigo con cuervos”, “Iglesia de Auvers-sur-Oise”, “Retrato del Dr. Gachet”, son algunas de sus obras, realizadas después de una fuerte depresión, que lo llevara a ser hospitalizado, internado, pero de la cual no se recuperó totalmente.

Todo lo expresado acotadamente, está plasmado en el film “Loving Vincent”, de un modo único, exquisito, nunca antes visionado, un opus mayor, de una belleza inusual, un viaje memorable a través del mundo goghiano, un homenaje. Dirigida por Hugh Welchman y Dorota Kobiela, se basa en las infinitas cartas que día tras día, Vincent escribía a su hermano Theo, galerista y marchante; el film muestra el infatigable, disciplinado quehacer pictórico del pintor holandés, en relación con su desesperada vida, una vía salvífica.

Cada fotograma es un óleo pintado a mano al que se le ha dado movimiento.

Durante el largometraje, el espectador va “amando a Vincent”, pues él es sus pinturas, “sólo podemos hacer que nuestros cuadros hablen” escribiría a modo de sentencia. Cien de sus pinturas fueron utilizadas en este desafío estético, en el cual participaron gran cantidad de pintores y artistas visuales, llegando a dar vida, respetando su estilo y animación a un número vastísimo de pinturas animadas y/o fotogramas.

No cabe duda que consiguieron representar en plenitud, totalidad, profundidad, el arte de Vincent, sus pinceladas sorprendentes, a quienes los rodeaban, el Dr. Gachet y su hija, el cartero Roulin y su hijo, el barquero, el tío Tanguy, el Dr. Mazery, entre varios más.

Un film que plantea además, desentrañar si la muerte del genial holandés fue debida a una violencia ejercida sobre sí mismo (suicidio), o a una violencia exterior que configuraría un homicidio. Como se expresara en un poema de hondo lirismo “¿Quién sabe que oleajes, que tormentas, / lo alejaron de las playas de la vida…?”

Fueron valiosas las películas realizadas anteriormente sobre la vida y obra de Van Gogh, la de Robert Altman titulada “Vincent y Theo” (1990), y en el año 1956 “Sed de vivir” de Vincente Minnelli.

Pero “Loving Vincent”, al poder llegar con gran tesón y trabajo a acercar conmovedoramente al espectador la vida y obra de Van Gogh, en una suerte de unión inquebrantable, nos deja sin palabras.

Sería casi un sacrilegio seguir escribiendo. La pasión del gran, imponente artista está en el film.

Los realizadores con amor, recrearon sus luces, sus sombras, a través de su arte imperecedero, inmortal.

Paula Montes

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FICHA TECNICA

Loving Vincent”, Reino Unido, Polonia, 2017. Dirección: Hugh Welchman, Dorota Kobiela. Guión: Jacek Dehnel, Dorota Kobiela, Hugh Welchman. Música: Clint Mansell. Fotografía: Tristan Oliver, Lukasz Zal. Elenco: (Animación), Helen McCrory, Saoirse Ronan, Aidan Turner, Eleanor Tomlinson, Chris O'Dowd, Douglas Booth, Jerome Flynn, John Sessions, Holly Earl, Robert Gulaczyk, James Greene, Bill Thomas, Martin Herdman, Josh Burdett, Richard Banks, Shaun Newnham.

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