Viernes, 24 Abril 2020 08:56

Uruguayos cuentan: Mercedes Rosende, "Nada como el amor (para hacerte llorar)"

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La crisis nerviosa fue sutil. Clavó un alfiler en la foto, primero en la corbata de Daniel, después en sus ojos, en una pierna y en la otra, una y otra vez.  

 

Después arrugó la foto que parecía un colador, la hizo un bollo, la tiró. Fue hasta la heladera y buscó algo de comer, pero sólo logró que el arroz frío y la leche pasada la hicieran llorar. Quiso abrir una lata de atún: el abrelatas no funcionó. Nada funcionaba en su vida. Nada.
El sonido del teléfono la hizo correr, atropellar una silla, pisar la cola del gato.
− Hola.
− Buenas tardes, llamamos de la empresa Tiempos eternos para darle una gran noticia –la voz de mujer hizo un silencio expectante-: fue sorteada para beneficiarse con un descuento del veinte por ciento en la compra de una parcela. Le hablo de una parcela en un cementerio parquizado, un concepto diferente para planificar la última morada de…

¿Qué es Tiempos Eternos?

Es un concepto diferente para planificar la última morada de…
− ¿Un cementerio?

Es un concepto diferente...

¿Usted me ofrece una tumba?
La mujer del otro lado suspiró levemente, como si ya hubiera dado las explicaciones necesarias.
− Es un nuevo…
No quiso escuchar más. Colgó.
Solía pensar cómo sería el Hombre Perfecto de su Vida, jugaba a imaginarlo. Sería más joven que Daniel, más delgado que Daniel. Y deportista. Tendría todo el cabello y una barriga chata con músculos dibujados como un tablero de ajedrez. Buen carácter. No sería depresivo ni malhumorado. Tal vez un poco bronceado. Tendría perros en su casa y una ex esposa en algún lugar de Asia u Oceanía.
Otra vez el teléfono. Soltó la bolsa que tenía en la mano y el contenido se desparramó por la alfombra. Esta vez esquivó al gato en su carrera.
− Hola.
− Se cortó la comunicación.
− ¿Quién habla?
− Tiempos eternos, el nuevo…
− No me moleste más. No quiero una tumba.
Volvió a colgar.
Intentó decidir entre salir a comprar pañuelos con dibujos de mariposas o seguir usando el papel higiénico para secar los fluidos de sus ojos y nariz. Decidió que sufrir la pena con mariposas sería más digno y se puso el tapado para ir al supermercado. Era domingo y en el ascensor no encontró a nadie, ni en el hall, ni en la puerta del edificio, apenas vio gente en la calle. Demasiado frío para septiembre. Pensó que más tarde llamaría a su madre para interesarse en su intestino.

Compró comida, desinfectante para el inodoro y una oferta de diez paquetes de pañuelos desechables con dibujos de ositos celestes. No había mariposas, esta vez no podría llorar y sufrir con mariposas revoloteando en torno a su nariz. A la vuelta tomó el camino más largo, unos doscientos metros, y sintió la satisfacción de hacer lo mejor para controlar la depresión. Debía caminar mucho, hacer ejercicios suaves, comer sano, beber de dos a tres litros de agua por día, eso le había dicho Rosana, su psiquiatra, cuando empezó las sesiones después de la pelea final con Daniel. En realidad ella esperaba una solución más rápida, más drástica, algo como un mantra que repetido cien veces le hiciera olvidar a la persona que la había herido. Pero la psiquiatra había sido clara: antidepresivos o terapia de actividades, ejercicio físico, comida sana, tareas domésticas, salidas frecuentes. Si no quiere tomar antidepresivos debe producir más endorfinas por sí misma para mejorar el ánimo, dijo.
No quería tomar antidepresivos, no quería producir endorfinas, no quería nada más que acostarse a dormir y no despertar jamás. O vaciarse de recuerdos, y olvidar las manos de Daniel para siempre.
Llegó a la puerta del edificio y sintió calor, no había sido buena decisión ponerse un tapado tan grueso en septiembre. Nadie en el hall, nadie en el ascensor. Nadie en su vida. La puerta de la vecina estaba abierta, como siempre, y como siempre espió hacia adentro con la esperanza de ver escenas de sexo, pero sólo logró ver una porción de pierna y unos dedos rascando la piel. Intentó descifrar si la pierna y los dedos pertenecían al mismo cuerpo, pero alguien tosió y tuvo que apartartarse de la rendija de la puerta.

Cuando entró en su casa vio el tintineo de la luz de aviso del contestador. Sólo su madre, los vendedores y Daniel llamaban al teléfono fijo. Ni siquiera llegó a dejar las bolsas en el suelo, se precipitó sobre el botón.
“Hola, soy yo –decía la voz de su madre-, otra vez estoy mal del intestino. Llamame”.
Piiiiiiiiiiiiiiip.
“Le habla Susana, la profesora de pintura. Es para avisarle que mañana no tendremos clase porque estoy indispuesta”.
Piiiiiiiiiiiiiiip.
Y nada más. Una nube pasó y se detuvo en sus ojos, y ella aprovechó para sacar los nuevos pañuelos. Los ositos celestes parecían mejores que las mariposas para el llanto, ahora que lo pensaba. Usó tres o cuatro pañuelos y los dejó sobre la mesa, donde ya había muchas mariposas arrugadas.
A esa hora siempre recordaba la última noche que habían pasado juntos en Colonia, la despedida en el puerto. Daniel vivía en una ciudad en el este de América del Norte, un sitio infinitamente lejano. Ella era profesora de idioma español y lo había conocido en el foro virtual de un diario: Narrativa, Dramaturgia y Poesía, igual que Recetas Dulces y Saladas y Qué aprendí este año eran espacios donde la gente sola y sin sexo va a conocer más gente sola y sin sexo. Él hablaba un idioma de los setenta, de la época en que había emigrado a América del Norte, y a ella le gustaban escuchar y leer aquellas palabras que ya nadie usaba. Era como volver a otro tiempo, al tiempo en que ella tenía quince años y la gente decía esas qué plato sin sentirse rara. Qué plato, decía él cuando algo le causaba risa, y ella reía.
Todos los días hablaban y se enviaban mensajes, un despliegue de alta tecnología puesta al servicio del amor. En dos años de relación habían estado tres o cuatro noches juntos, y ya hacía tiempo que ella había empezado a olvidar su cara. Recordaba el arco de las cejas y el color de las manos, la cara vista desde cierto ángulo, pero no lo recordaba en su totalidad. Alguna vez sintió que su destino era despertar cerca de esa cara, que no había nada que quisiera en la vida más que eso, pero ahora sabía que en algún momento tendría que juntar coraje y tirar a la basura esas estúpidas sandalias de taco y tiras finas que había comprado para estrenar cuando se vieran.

Las razones que él había dado para terminar la relación habían ido cambiando con el tiempo y su situación laboral, que estaba deprimido porque no estaba haciendo música, que no tenía tiempo porque ahora sí estaba haciendo música, que tenía que viajar para hacer más música. Y cada vez y ante cada excusa ella había esperado a que llegara su turno: había pasado dos años haciendo cola en la vida de Daniel.
Empezó a preparar la cena, un poco de pescado y unas papas con tomate. En estos meses su cuerpo se había ido consumiendo hasta quedar en huesos y piel. No era que no comiera, masticaba la comida demasiado tiempo y a veces se olvidaba de tragarla. Agregó crema y manteca al pescado con la ilusión que pone una madre en agregar calorías al cuerpo de un hijo desnutrido. El olor era bueno pero ella nunca tenía hambre.
El teléfono cortó el silencio, lo trituró. Corrió al aparato.
− Hola.
− ¿No escuchaste mi mensaje?
− Ahora iba a llamarte, acabo de llegar, mamá.
− Creo que me tengo que internar. Seguro que me van a operar.
− ¿De qué?
− De los intestinos. ¿De qué va a ser? Estoy expulsando un liquido amarillo.
Cerró los ojos y supo qu los líquidos amarillos habían arruinado su cena. Hizo el intento de terminar aquella conversación y lo logró, no sin ofender a su madre, pero ya se le ocurriría alguna excusa para aplacar la culpa y su consciencia.
Se sentó a comer el pescado y las papas, sin hambre. Pensaba en intestinos y líquido amarillo. Se obligó a tragar, tan lejos del placer de la comida como la Tierra de Urano. Masticaba y tragaba. Cuando terminó pensó en Daniel, y la noche amenazó alargarse en una espiral inmensa. En ese preciso momento él estaría terminando su día en un país de África, una isla, un sitio ignoto donde estaba grabando música desde hacía un par de semanas y de donde jamás la había llamado.
Volvió a sonar el teléfono. Esta vez no corrió ni se sobresaltó, estaba tratando de acostumbrarse a que nunca sería Daniel.
− Hola
− Necesito verla en media hora, en el bar Delondon. ¿Lo conoce?
− Sí, pero dígame de qué se trata. ¿Quién es usted?
Antes de terminar la frase escuchó el golpeteo rítmico de una llamada cortada
y quedó mirando el aparato. Número equivocado o algún loco haciendo bromas, por supuesto que no iría a ningún bar a encontrarse con un confundido o con un enfermo mental.
Pensaba a menudo que Daniel la había dejado por culpa de las palabras, palabras no dichas o dichas a destiempo, palabras mal interpretadas, mal ubicadas en la frase, y ella se sentía inmensamente culpable por no haber sido capaz de manejar las palabras, de organizarlas. Justamente ella. Él la había acusado de agredirlo con palabras, y aunque ella lo intentaba todos los días no era capaz de recordar ni la razón ni el tema de la discusión que había originado su ruptura. En sus dos años de relación había habido otros momentos similares, palabras que ella pronunciaba y que provocaban en él largos silencios o situaciones del tipo ya no nos hablamos. Ahora atravesaba la sensación de que estaba sola en el planeta por culpa de sus propias palabras, y la quietud del domingo no mejoraba las cosas.

Tiró la mitad de la comida, lavó el plato lentamente, fregó la olla hasta dejarla reluciente como parte de su terapia de actividades cotidianas para no pensar en él. Pensó en llamar a su única amiga, Alicia, una especialista en algo relacionado a la economía de los países, pero ella siempre quería salir a emborracharse y a escuchar música. De todas formas marcó su número. Del otro lado rechazaron la llamada. Lamentó no tener a alguien más a quién llamar pero, ¿quién tiene amigos en estos tiempos? Se sentó a revisar su correo electrónico donde nunca estaba el nombre que buscaba. Ofertas de vitaminas, alargue su pene hasta dos pulgadas, más ofertas de vitaminas, cursos, viagra, inversiones, talleres literarios. Ella era una de esas mujeres criadas con cuentos que terminaban diciendo y vivieron felices toda la vida, y tal vez por eso no podía conformarse con el hecho de que su historia de amor hubiera tenido fecha de caducidad como una caja de ravioles o com un frasco de medicamentos.

Nada como el amor, le habían enseñado.
Entró en el foro virtual de Recetas de cocina para el otoño que se viene aunque en su hemisferio se venía la primavera. Copió una tarta de duraznos en almíbar (odiaba los duraznos en almíbar) y un pollo relleno (que jamás sería capaz de deshuesar). Miró la hora. Todavía era temprano para tomar la pastilla e ir a la cama, todavía no era tiempo de sumergirse en la nada.
El recuerdo de Daniel ocupaba todos los momentos del día, si trabajaba o si caminaba por la calle, si hablaba con alguien o limpiaba el baño su recuerdo se superponía a lo que estuviera haciendo. Había estado siguiendo las estrategias que le había sugirido su psiquiatra, trataba de leer, cocinaba, sus ollas estaban relucientes de tan fregadas, se había anotado en un curso de pintura, y sin embargo a menudo se encontraba mirando páginas de un libro sin verlas, o tiraba comida que no recordaba haber preparado.
Pensó en la llamada que acababa de recibir, seguro que no era para ella. ¿Y si era? Podía ser un admirador, un enamorado anónimo, pero la voz no le había sonado como la de un enamorado, más bien como la de un prestamista que cita a su deudor. No, ella no tenía deudas con nadie. ¿Alguien que quería hacer un negocio? Pero, ¿qué negocio se puede hacer con una profesora de idioma español?

¿Y qué pasaría si fuera al bar Delondon? Nada, porque nadie la reconocería ni se acercaría a hablarle. Podía elegir entre llevarse a la cama pañuelos con ositos o tomarse un taxi e ir al bar Delondon.
Se puso el tapado y salió a la calle. El abrigo ya no le pesaba, la defendía del viento, la separaba de la noche. Se subió al taxi y dio la dirección del bar. Vio los ojos del taxista en el espejo retrovisor, vio interés, decepción y aburrimiento, en ese orden. Desvió la mirada hacia el exterior, a los plátanos que empezaban a tener hojas.
El bar estaba lleno de homosexuales y marineros coreanos, se sentó en una mesa apartada. Le gustó ese ambiente que no quería ser acogedor. No soy tu casa, gritaban las sillas de respaldo incómodo. No soy tu casa, advertía las luces inclemente en los ojos. Y ella quería estar en un sitio que no fuera su casa, alejarse de su vida. Pidió una cerveza, no porque le gustara la cerveza sino porque le pareció que sería lo único que no desentonaría en ese sitio. Aquella era su primera salida desde que Daniel le había dicho que la quería mucho pero que en ese momento no era capaz de tener una relación. Tomó la cerveza y tras el segundo vaso se preguntó si él no sería uno de esos hombres que nacen con el nombre de su ex esposa tatuado en el pecho. No importaba, aún en caso de que en su pecho hubiera cien nombres de mujer, ninguno era el suyo. Sacó algunos ositos celestes de la cartera, por las dudas.
Alguien se acercó, la miró. No parecía gay ni era coreano.
− ¿Me puedo sentar?
− Claro. Me debe una explicación.
Él sonrió y la miró, dejó el sobretodo en una silla, pidió más cerveza. Parecía simpático, muy locuaz. Era más delgado que Daniel, tenía más pelo. Más joven. Habló un poco de su trabajo, de unas vacaciones que había pasado en Brasil, media hora más tarde le dijo que era linda. A ella le gustó que se lo dijera, le pareció importante porque últimamente se sentía gris como una toalla usada. Como una toalla abandonada en el piso de un gimnasio.
− ¿Y cuál es el tema?
− ¿Qué tema?
− Usted me citó para hablar de algo. Hace un rato, por teléfono.
− No, yo no te cité. ¿Tomamos más cerveza?
− Alguien llamó a mi casa, estoy aquí porque…
− ¿Alguien te citó a un bar de coreanos?
El tipo rió y dijo cosas desagradables, sonrió, mostró unos dientes afilados. No era tan joven.
− Váyase.
Él se fue sin chistar, sin pagar su propia cerveza, ella pagó y salió apurada como si hubiera recordado una tarea pendiente.
Lo que sucedió después de esa noche, de tan repetido es vulgar. Dejó de fregar ollas, de caminar y de hacer cursos, dejó que los antidepresivos lo hicieran por ella.
Con el paso del tiempo y con la ausencia las sombras fueron comiéndose el rostro de Daniel aunque todavía tuvo que transcurrir mucho antes de que se decidiera a tirar a la basura las sandalias de tacos empinados con tiras finas. Pasaron meses y meses antes de que dejara de comprar pañuelos con ositos o mariposas, que usaba muy tarde por las noches, pero el olvido por fin llegó, y Daniel y las sandalias y los pañuelos con ositos o mariposas desaparecieron de su vida para siempre.

Mercedes Rosende, Uruguay , contemporánea.

Modificado por última vez en Lunes, 04 Mayo 2020 11:33