El mundo necesita de gobernantes éticos que ofrezcan resultados concretos y tangibles para sus ciudadanos, especialmente para aquellos más vulnerables, con activos esperanzadores y sin recortes en gasto social. 

Me gustan aquellos gentíos que son dueños de sí mismos, que no juzgan y tienden manos, aquellos que miran a los demás sin etiquetas, con la mirada del consuelo y las lentes de la generosidad, porque actuando así se construye un mundo más habitable y humano. 

Cuidado con los rompedores de raíces, con los que fracturan y despedazan pueblos y naciones, con aquellos que dividen y siembran odio por doquier, pues únicamente desde la unidad se puede abrazar el mundo, trabajando por el bien colectivo. 

El ser humano tiene que despertar y hacer posible un mundo libre y responsable. No puede fermentar esa tensión de aborrecimiento y venganza por mucho tiempo.  

La identidad humana halla su pujanza en el testimonio, en el quehacer diario que nos trasforma y ensancha el corazón, en la vida misma que nos hace crecer y resistir a las muchas cruces que nos sembramos unos hacia otros, para desgracia de todos. 

Uno de cada cinco niños de países desarrollados vive en la pobreza, y uno de cada ocho sufre inseguridad alimentaria, reveló el Fondo de la ONU para la Infancia (UNICEF) este jueves.