Estamos asistiendo a una especie de desnaturalización que nos deja sin verbo ni conjugación. Tanto es así que nada es lo que parece. 

El mundo necesita de gentes de compromisos verdaderos, para que puedan mejorar las condiciones existenciales de todos; también de otras políticas más transparentes que luchen contra las injusticias y la corrupción, así como de líderes que alberguen en sus corazones la lucha por la dignificación de todo ser humano, máxime en un momento en el que abundan tantos sembradores de odio. 

Vivimos unos tiempos en los que cada vez es más preciso sentir la necesidad de crecer en la compresión mutua y en el respeto, como miembros de un linaje predestinados a entendernos.  

La realidad está ahí, por más que queramos omitirla, o evadirnos de ella. Nos desbordan las injusticias por doquier parte del planeta. 

Cuidado con los rompedores de raíces, con los que fracturan y despedazan pueblos y naciones, con aquellos que dividen y siembran odio por doquier, pues únicamente desde la unidad se puede abrazar el mundo, trabajando por el bien colectivo. 

El ser humano está llamado a interrogarse cada día sobre su propio futuro; y, como ser libre y cumplidor, a cooperar y a colaborar responsablemente con sus análogos. 

Hasta ahora hemos dejado los recursos de la tierra a merced de la especulación de algunos, con el consabido manantial de conflictos, y el poco futuro para una buena parte de la población. 

En un planeta cada vez más encendido por el odio, y por ende más fragmentado e injusto, la ciudadanía tiene el deber cívico de reflexionar unida. 

El ser humano tiene que despertar y hacer posible un mundo libre y responsable. No puede fermentar esa tensión de aborrecimiento y venganza por mucho tiempo.  

La identidad humana halla su pujanza en el testimonio, en el quehacer diario que nos trasforma y ensancha el corazón, en la vida misma que nos hace crecer y resistir a las muchas cruces que nos sembramos unos hacia otros, para desgracia de todos. 

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