La realidad está ahí, por más que queramos omitirla, o evadirnos de ella. Nos desbordan las injusticias por doquier parte del planeta. 

Cuidado con los rompedores de raíces, con los que fracturan y despedazan pueblos y naciones, con aquellos que dividen y siembran odio por doquier, pues únicamente desde la unidad se puede abrazar el mundo, trabajando por el bien colectivo. 

El ser humano está llamado a interrogarse cada día sobre su propio futuro; y, como ser libre y cumplidor, a cooperar y a colaborar responsablemente con sus análogos. 

Hasta ahora hemos dejado los recursos de la tierra a merced de la especulación de algunos, con el consabido manantial de conflictos, y el poco futuro para una buena parte de la población. 

En un planeta cada vez más encendido por el odio, y por ende más fragmentado e injusto, la ciudadanía tiene el deber cívico de reflexionar unida. 

El ser humano tiene que despertar y hacer posible un mundo libre y responsable. No puede fermentar esa tensión de aborrecimiento y venganza por mucho tiempo.  

La identidad humana halla su pujanza en el testimonio, en el quehacer diario que nos trasforma y ensancha el corazón, en la vida misma que nos hace crecer y resistir a las muchas cruces que nos sembramos unos hacia otros, para desgracia de todos. 

En nuestros días, el ser humano vive en permanente crisis, muchas veces resignado a una insoportable mundanidad, donde aquello que no es poder apenas interesa. 

Tenemos que decir ¡no! a esta mentalidad tan mediocre, sumisa al poder y a las riquezas. 

Siempre nos lo decía mi abuela: es mejor mirarse en el espejo antes de juzgar a nadie. La hipocresía de esta sociedad actual es tan fuerte, que estamos todos los días y a todas horas, haciendo juicios de valor, sin benevolencia alguna. 

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