Tenemos que ser más sensibles al dolor de nuestros análogos, máxime en un momento en el que proliferan tantas víctimas sin voz, en un mundo cada día más crecido por las falsedades y el endiosamiento de los poderosos.

Tenemos que limpiarnos de nuestras miserias, si en verdad queremos alentar la esperanza en nuestras vidas. 

Me entristece la mirada de tantos indefensos que caminan desorientados por este mundo insensible, que permite el sufrimiento de los niños, la soledad de los mayores, o las barbaries entre inocentes. 

Es hora de que los líderes del mundo se impliquen en pactar, en entenderse, en llevar a buen término su compromiso de servicio, de respeto, protección y garantía de los derechos humanos, más allá de la letra impresa en sus programas de gobierno. 

Se dice que las tres cuartas partes de los mayores conflictos en el mundo tienen una dimensión cultural destructiva del espíritu humano. 

Ante tantas trágicas realidades que nos circundan, debemos unir nuestros corazones, pues nadie puede lavarse las manos ante nada si no quiere ser cómplice. 

Las incertidumbres y los despropósitos vienen dejándonos sin alma. Ante esta realidad, es menester concentrar esfuerzos y ver la manera de reactivar, de una vez por todas, la certeza del encuentro. 

Las nuevas generaciones deberán tener una visión más universal y comprensiva, mediante el activo de un empuje más auténtico y solidario, si en verdad se quieren combatir las graves e injustas divisiones que puntean hoy el astro. 

Tenemos que desmontar las potencias del mal, como siempre aglutinadas en torno al ídolo del dinero, y hemos de hacerlo, antes de que éstas nos trituren el alma y nos impidan seguir caminando por la vida. 

Es tiempo de remontar obstáculos, de poner sabiduría en todas las acciones, de actuar conjuntamente por todos y para todos. 

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