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La escritora Annie Ernaux, de 82 años, ganó el Nobel de Literatura por "su valentía y la agudeza clínica con la que descubre las raíces, los distanciamientos y las restricciones colectivas de la memoria personal". 

Por el Programa Fortalecimiento de las Artes, de setiembre a noviembre se dictarán 9 talleres literarios en espacios culturales y bibliotecas de la Intendencia de Montevideo. 

Capítulos cortos, que agudiza la lectura y cuenta con un estilo de narración que resulta adictivo desde que lo empiezas hasta que lo terminas.

El viernes 22 de abril a la hora 6.50 am TV Ciudad transmitirá en vivo la entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes a la uruguaya Cristina Peri Rossi. 

La escritora se convierte en la segunda mujer uruguaya en ganar el máximo premio a las letras de habla hispana. 

Fueron conocidos los ganadores del Premio Juan Carlos Onetti 2020 que otorga la Intendencia de Montevideo. De acuerdo a las categorías premiadas, los ganadores son: 

Podrán presentarse todas las personas residentes en Uruguay, de nacionalidad uruguaya, o de residencia legal en el país, que tengan entre 14 y 29 años de edad cumplidos a la fecha de cierre de recepción de los trabajos por parte del Jurado. 

Yo creo, estoy seguro que existe algo, alguien que relaciona el genoma humano con Bin Laden, el once de setiembre, la oveja Dolly, el juicio a Pinochet, la banda del Rambo en el penal de Libertad, los violentos cacerolazos en la Argentina, el ántrax, la vaca loca, la despedida de Maradona, la aftosa, la luna de miel de Menem con la Bolocco.  

Julio se acercó a la lámpara de aceite que ardía sobre la mesa de trabajo, se ajustó el monóculo y leyó: “ te acompañaré hasta la muerte”. 

La sensación de que la piel le ardía no había desaparecido pasada la medianoche. El reloj sobre la mesa marcaba las dos menos cuarto. Caminó unos pasos hasta llegar a la ventana abierta; lo abrazó la noche sofocante. Recortada en una ventana del edificio de enfrente, solitaria, una rubia artificial reía iluminada por la fugaz luz televisiva. Sin convicción dejó escapar un insulto y volvió al lecho.

El hombre sentado al borde de la cama miró su cuerpo que languidecía ante el calor asfixiante, pensaba en la posibilidad de volver debajo de la ducha cuando, en ese momento, el sonido del teléfono golpeó fuerte en su cerebro desvalido, vencido por la ardiente calidez.

 

 

Extrañaba su suave cercanía, hoy no era posible que sucediera. Eso venía pensando mientras sus pasos avanzaban por la acera desierta en la madrugada pegajosa de un enero agobiante. Había dejado a su novia en la puerta de la casa, se había excitado al sentir el cuerpo de la muchacha, pero ella hoy no se quedaba con él, debía viajar en la mañana y por eso, luego de la despedida, fue que apareció en su memoria el día de la fecha que comenzaba y la cercanía del lugar por donde caminaba. Estos datos lo conducían irremediablemente a una sola persona. Se detuvo en una esquina. Desde allí se veían pálidas dos estrellas de neón, verdes, lejanas e intermitentes. Su presencia en ese lugar debería despertar curiosidad, estaba detenido en la calle del centro solitario de la ciudad, mirando el cielo oscuro. Fue así que la determinación apareció en un segundo y lo hizo cruzar la calle y tomar la transversal. Acomodó su paso buscando mantener el ritmo cansino y descartando el apuro…, no había apuro, pensaba. En unos minutos llegaría y sabía que no sabía qué iba a hacer, seguramente nada. Pero nunca se percibe de antemano, hay que estar en el momento para entender por qué se actúa de esa manera; ¿pensarlo o vivirlo? Creía que a veces la voluntad desaparecía o al menos se nublaba y en su lugar otras fuerzas como el momento, las circunstancias, o el estado de ánimo terminaban desplazando la voluntad e incluso el deseo. Así le ocurría a él disperso en la selva de cemento, pocas veces dueño del control y conocedor de su voluntad. Esta comprobación comúnmente lo bajoneaba mucho y por eso evitaba toparse con estos pensamientos, aunque en esta madrugada mirando el calendario, todo podía suceder… ¿Todo? ¿Era efectivamente así?…, se descubrió moviendo negativamente la cabeza al llegar a la esquina conocida. Se detuvo. Levantó la vista ya no a las estrellas, a la fachada de un edificio casi en la esquina, para comprobar que la luz estaba encendida, y que creía que provenía de su habitación, de modo que estaba despierto, pensó. Era un excelente momento para hacer lo que se disponía. Sacó de su bolsillo el teléfono y marcó un número.

 

 

El hombre sentado en la cama levantó el tubo del teléfono y respondió la llamada.

-¡Aló!… ¡Aló! – solo tuvo como respuesta el silencio.

Dejó caer el auricular sobre el aparato y sin convicción volvió a resoplar un insulto. Se puso de pie y caminó hacia el baño por otra ducha.

 

 

Ahora una suave brisa del mar lo refrescaba anunciando el amanecer próximo. El teléfono todavía sobre su oreja estaba mudo. Volvió a mirar la ventana iluminada sin vidrios ni cortinas. Hacía siete años ya que no le hablaba pero conservaba su teléfono, su dirección… El hombre joven volvió por donde había llegado. En el fondo pensaba que había hecho un gesto de afecto, creía. A esa hora seguro que había sido el primero en llamarlo. Aunque no había dicho: ¡Feliz cumpleaños!, ni ¡hola papá!, tampoco preguntó ¿cómo estás?... Sus pasos se alejaban. En el baño de un apartamento alguien se duchaba una vez más en la madrugada sofocante.

Daniel Rovira Alhers

 

El presente cuento integra la colección “Rompecabezas Elsa” de reciente publicación, disponible en librerías. Distribuye Gussi.

 

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